MINI-ESCRITO 006 ¡CRÓNICAS DE UNA DEPRESIÓN"

 

"Aparentaba que todo estaba bien. Ante los demás sonreía, cumplía con mis responsabilidades y daba la impresión de llevar una vida normal. Pero detrás de esa máscara de aparente fortaleza y de una felicidad fingida, escondía mi verdadero rostro. En lo más profundo de mi ser habitaban la soledad, la tristeza y un vacío que consumía silenciosamente mi alma. Y cada noche, cuando el bullicio del día se apagaba y me quedaba sola con mis pensamientos, una voz implacable me acusaba desde mi interior:

—¡Mentirosa! ¡Hipócrita!

Así, noche tras noche, esas palabras resonaban en mi mente, recordándome que la imagen que proyectaba al mundo estaba muy lejos de la realidad que vivía en mi corazón.

Creía que todo cambiaría cuando decidí buscar ayuda en quienes, según pensaba, tenían las respuestas para mi sufrimiento. Con esperanza acudí a profesionales de la salud mental, convencida de que finalmente encontraría la salida a la oscuridad que me envolvía. Sin embargo, aunque recibí atención y tratamiento, el vacío que habitaba en mi alma permanecía intacto. Una y otra vez experimenté la frustración de sentir que mis intentos por salir adelante no alcanzaban la raíz de mi dolor.
"Recuerdo que apagaba mi teléfono celular para que mi jefe no descubriera que, en lugar de presentarme a trabajar, seguía acostada en mi cama. Los medicamentos antidepresivos me dejaban sin fuerzas para levantarme, y mi almohada se convertía en la única testigo de mis lágrimas y de mis gritos en el silencio. Allí, donde nadie podía verme ni escucharme, el dolor de mi alma se desbordaba en un llanto que solo Dios conocía.

Por cierto, no puedo decir que me faltaran los recursos económicos. Había estudiado, me había esforzado y trabajado arduamente para alcanzar una buena posición laboral y estabilidad financiera. El dinero nunca fue mi problema. De hecho, cuando el cansancio emocional me hacía quedarme dormida y corría el riesgo de llegar tarde al trabajo, no dudaba en pagar vuelos internos —trabajaba a hora y media de donde vivía— con tal de llegar a tiempo y cumplir con mis responsabilidades.

"Sí, tenía dinero; podía comprar comodidad, ahorrar tiempo e incluso acceder a la ayuda que necesitara. Pero, con el paso de los años, comprendí una verdad que transformó mi manera de ver la vida: el dinero puede adquirir muchas cosas, pero jamás puede comprar la paz, sanar un corazón herido ni llenar el vacío más profundo del alma.


Durante mucho tiempo creí que el problema estaba fuera de mí, cuando en realidad el mayor quebranto estaba en mi interior. Mi corazón estaba profundamente herido y ningún logro académico, éxito profesional, posición económica o recurso humano podía restaurarlo por completo.

En aquel entonces llegué a pensar, con profunda frustración: "¡Parece que este corazón vino con un error de fábrica!". Hoy sé que no era así. Dios no se equivocó al crearme. Mi corazón no tenía un defecto de origen; estaba quebrantado por las heridas acumuladas de la vida, heridas que solo el Gran Médico de las almas podía sanar. Como dice la Escritura: "Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas" (Salmo 147:3).

Han pasado más de veinte años desde aquellos oscuros episodios de mi vida. Sin embargo, durante mucho tiempo el pasado siguió persiguiéndome como una sombra, alimentado por la culpa y el peso de las malas decisiones que había tomado. Me condenaba a mí misma una y otra vez, incapaz de encontrar paz para mi alma.

Todavía recuerdo que, en medio de las reuniones de trabajo, mi mente se perdía por completo. Mientras los demás analizaban, discutían y tomaban decisiones, yo estaba ausente. Mi cuerpo permanecía allí, pero mi mente estaba atrapada en una profunda tristeza que me impedía concentrarme, dirigir o pensar con claridad. Los efectos de los medicamentos eran tan intensos que, en más de una ocasión, llegaba a las reuniones completamente somnolienta. Mis propios subalternos, al verme incapaz de mantenerme despierta, me llevaban hasta el salón de conferencias y me acomodaban en un gran sillón para que descansara mientras pasaba el efecto de la pastilla.

"Cada vez que recordaba esas escenas, sentía una profunda vergüenza. Me costaba comprender cómo, a pesar de mi evidente fragilidad y de aquellos momentos tan difíciles, mis colaboradores continuaban respetándome y apoyándome.

 Hoy, al mirar hacia atrás, prefiero pensar que, aun cuando yo no podía reconocerlo, la gracia de Dios ya estaba obrando silenciosamente en mi vida. Él sostenía mi camino cuando mis fuerzas se habían agotado y preparaba el proceso de restauración que, años más tarde, transformaría por completo mi historia.


"Hasta que un día ocurrió lo que jamás imaginé. Cuando ya no tenía fuerzas para seguir luchando y nadie parecía poder llegar a las profundidades de mi dolor, Alguien me encontró. Descendió hasta el lugar más oscuro de mi alma, rompió las cadenas que me mantenían cautiva, me rescató de las tinieblas y me devolvió la esperanza de vivir.

Él hizo por mí lo que ningún ser humano habría podido hacer. No solo escuchó mi clamor; me amó con un amor perfecto, cargó con mi dolor y entregó voluntariamente su vida para darme una nueva oportunidad. Su amor no dependió de mis méritos, de mis fracasos ni de mis heridas. Me amó cuando yo no podía amarme a mí misma. Y si alguien me preguntara quién cambió mi historia, no tendría el menor temor en responder:

¡Su nombre es JESUCRISTO!

Él sigue sanando corazones quebrantados, restaurando vidas destruidas y dando esperanza a quienes creen que ya no la tienen. Si pudo hacerlo conmigo, también puede hacerlo contigo.

Hoy quiero invitarte a dar el paso más importante de tu vida. Entrégale tu corazón a Jesucristo. Permite que Él sane tus heridas, perdone tus pecados y transforme tu historia. Porque el mismo Jesús que un día me rescató de las tinieblas sigue llamando con amor a todo aquel que está cansado y cargado, para darle descanso (Mateo 11:28).


Publicado por: Olinka Córdoba
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